Un día, un pobre molinero se sintió muy afortunado, ya que fue llamado a tener una audiencia con el rey. Para impresionarlo, el molinero le contó que su hija poseía el don de hilar la paja y convertirla en oro. Sus palabras eran falsas, pero el molinero nunca pensó que tendría que demostrarlas.
Pero el rey quiso comprobar si aquello era cierto e hizo traer a la hija del molinero a palacio la mañana siguiente. El molinero pensó que a lo mejor al ver la belleza de su hija el Rey olvidaría sus palabras, pero no fue así.
El rey llevó a la joven a una habitación que estaba llena de paja, en la que había una rueca y un carrete, y le dijo: “Por la mañana quiero que toda esta paja esté convertida en oro, ¡y si no morirás!”
La hija del molinero se quedó allí sola muy triste y preocupada, y en ese momento apareció en la habitación un pequeño y extraño hombrecillo. Le dijo: “Yo hilaré esta paja y la convertiré en oro para ti si a cambio me das tu collar.” La joven así lo hizo y el pequeño hombrecillo comenzó a usar la rueca y el carrete hilando la paja, la cual se convirtió en preciosas bobinas de oro que llenaron toda la estancia.
La mañana siguiente el rey entró corriendo en la habitación y quedó maravillado con lo que vieron sus ojos. Inmediatamente llevó a la joven a otra habitación más grande y con más paja, y le ordenó que convirtiera en oro toda esa paja esa misma noche, o de lo contrario moriría.
La chica empezó a llorar y llorar, y apareció de nuevo el hombrecillo. Le dijo que hilaría toda esa paja y la convertiría en oro si le entregaba su anillo. Al caer la noche el rey fue a la habitación y volvió a ver que toda la paja se había transformado en bobinas de oro.
Como era muy ambicioso, el rey pensó que si se casaba con la hija del molinero sus riquezas aumentarían considerablemente. “Si consigues hilar la paja de una habitación más y la conviertes en oro, me casaré contigo.”
La tercera habitación era la más grande de todas, y una vez más la hija del molinero empezó a llorar. Cuando apareció el hombrecillo, ella pensó que no tenía nada más que ofrecerle. “Puedo esperar”, le dijo él. “Tú serás reina muy pronto, y entonces me llevaré tu primer hijo. Justo es lo que es justo, ¡y eso es un trato!”
La joven no tuvo elección y accedió a las demandas del extraño hombrecillo, el cual volvió a convertir en oro toda la paja de la gran habitación. Así pues, todo el palacio se preparó para llevar a cabo el enlace, y asistieron muchos invitados, y la novia fue ataviada con un precioso vestido.
Un año más tarde, la reina tuvo un hermoso bebé. El rey y la reina estaban muy felices con su nacimiento. Pero un día el extraño hombrecillo apareció repentinamente en la habitación de la reina. “Ahora dame lo que me prometiste”, le dijo. La reina quedó aterrorizada y le ofreció grandes sumas de dinero si no se llevaba a su hijo. Pero el pequeño hombre no escuchaba. Finalmente, el llanto desesperado de la reina lo conmovió.
“Te daré tres días”, dijo él, “y si al finalizar ese plazo no puedes adivinar cuál es mi nombre, deberás rendirte y entregarme a tu bebé”.
La reina envió mensajeros por todo el reino en busca de nombres e hizo una gran lista con todos ellos, desde los más ordinarios a los más extraños. Durante dos noches el hombrecillo escuchó leer a la reina los nombres de la lista, y al oír cada nombre replicaba con una negativa.
El tercer día un mensajero corrió hacia la reina con buenas noticias. Había visto una pequeña casa en lo alto de una colina. Frente a ella había un fuego, y saltando a la pata coja alrededor del fuego encontró a un cómico hombrecillo, cantando:
Rey, reina, mensajeros,
Todos a la vez,
Ellos nunca adivinarán,
Rumpelstiltskin mi nombre es.
La reina no podía creer la buena fortuna que había tenido y se lo agradeció al mensajero de todo corazón.
Más tarde ese mismo día, cuando el pequeño hombrecillo irrumpió en la habitación de la reina, le dijo “No has adivinado mi nombre, así que me llevaré a tu bebé”.
«¿Podría ser Rumpelstiltskin?” Preguntó la reina.
El hombrecillo se enfureció tanto que estampó su pie derecho en el suelo con tanta fuerza que lo hundió hasta la rodilla. Entonces agarró su pie izquierdo con tal furia que lo dividió en dos. Y ese fue el fin de Rumpelstiltskin.
Traducido y adaptado por Darío González.
